Los sentimientos de nostalgia y esperanza tras la Navidad conocidos como “Depresión Blanca”
La Navidad, con su despliegue de luces, reuniones familiares y rituales de consumo, deja tras de sí un eco emocional que se extiende más allá del 25 de diciembre. Una vez apagados los villancicos y guardados los adornos, muchas personas experimentan un vaivén de sentimientos que oscila entre la nostalgia, el cansancio y la expectativa de un nuevo comienzo.

Durante las semanas previas, la sociedad se sumerge en un ritmo acelerado: compras, compromisos sociales, viajes y celebraciones. El día después, ese frenesí se transforma en silencio. Para algunos, es un alivio; para otros, un vacío. La llamada “resaca emocional” de la Navidad se manifiesta en la sensación de que la magia se ha desvanecido demasiado rápido.
La psicóloga Isabel Aranda, especialista en salud mental, explica que la Navidad despierta una mezcla compleja de emociones: anticipación y alegría, pero también presión y estrés. “La búsqueda de la perfección en las celebraciones puede desencadenar ansiedad y agotamiento”, señala.
Por su parte, la psicóloga Adhara Monzó advierte que las reuniones familiares pueden reactivar conflictos antiguos y generar tensiones. “La idealización de la Navidad suele chocar con la realidad, y ese contraste puede provocar frustración y tristeza”.
El fenómeno conocido como “depresión blanca” o Christmas Blues también aparece en este periodo. El psicólogo Iván Morales lo describe como “una expresión de melancolía que se experimenta al pasar la Navidad, donde el esfuerzo por estar feliz socialmente puede resultar agresivo para quienes viven un estado emocional distinto”.
La psicóloga Mónica Mayorga añade que la nostalgia surge porque la temporada conecta con recuerdos y balances personales: quiénes están, quiénes ya no, lo que se logró y lo que aún duele. “No es un signo de debilidad; es una reacción humana a un tiempo cargado de simbolismo emocional”.
En paralelo, la psicóloga Daniella Feterman subraya que el cansancio acumulado del año influye en el bajón emocional. “Es una forma en la que nuestro cuerpo, mente y corazón expresan que necesitan un espacio para procesar lo vivido”.
El psiquiatra García Bernal explica que la nostalgia navideña tiene raíces neurocientíficas: los rituales y símbolos activan recuerdos autobiográficos y estructuras cerebrales vinculadas a la memoria y la recompensa. “Por eso la Navidad es un portal emocional hacia nuestro pasado”.
También aparece el cansancio físico y mental. Tras semanas de preparación y convivencia intensa, muchas personas buscan recuperar energía. El regreso a la rutina laboral o académica se percibe como abrupto, y la transición puede generar ansiedad. La presión económica, producto de los gastos navideños, añade otra capa de preocupación.
Sin embargo, no todo es negativo. El cierre de la Navidad abre espacio para la reflexión. El fin de año invita a evaluar lo alcanzado y a proyectar metas. En ese sentido, la nostalgia se combina con esperanza: la posibilidad de empezar de nuevo, de corregir errores y de planear con ilusión.
Los expertos recomiendan reconocer las emociones sin juzgarlas. Validar la tristeza, practicar actividades que generen bienestar y buscar apoyo profesional si las emociones se vuelven abrumadoras son estrategias clave.
En definitiva, después de la Navidad las personas transitan un terreno emocional complejo: nostalgia por lo vivido, cansancio por lo entregado y esperanza por lo que vendrá. Es un recordatorio de que las fiestas no solo se celebran con regalos y cenas, sino también con emociones que, al apagarse las luces, siguen iluminando la vida interior.
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